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¿Por qué aumenta su consumo?

Actualmente, es sencillo tomar una pastilla cuando aparece una molestia física o emocional, porque es accesible y está normalizado.

El consumo de hipnosedantes (psicofármacos depresores) ha aumentado en los últimos años (Encuesta EDADES, 2015). Un 18,7% de la población entre 15 y 64 años (datos de 2015) los ha tomado alguna vez en la vida (con o sin receta). Por otro lado, el consumo de hipnosedantes está más extendido entre las mujeres; prácticamente una de cada cuatro ha tomado sustancias de este tipo alguna vez en su vida (23,9%).

Se está viviendo un momento en el que “nos debemos encontrar bien siempre”, con lo que se precisan soluciones rápidas y efectivas. A este fenómeno se le conoce como burbuja farmacológica, en la que existen supuestas soluciones farmacológicas para los diferentes problemas que pueda presentar la persona, aunque muchas veces hablamos de sentimientos normales, aunque dolorosos, como el duelo ante una pérdida, la incertidumbre ante el futuro, la tristeza, la intranquilidad… En algunas ocasiones son los pacientes los que demandan este tipo de soluciones mágicas. Por otra parte, la falta de tiempo y la carencia de recursos humanos en algunas consultas facilitan que no se prescriban de forma adecuada.

Aunque la creencia es que este fármaco curará el origen del malestar, hay que saber que lo único que calmará será el síntoma. Para poder solucionar la dolencia desde la raíz habría que tratar todas las áreas de la persona (biológica, psicológica y social).

La exigencia social del bienestar personal, sumado a la demanda colectiva por una solución inmediata, lleva a buscar estas soluciones rápidas al malestar. Además, se han normalizado términos como “estar deprimido” o “estar estresado” que también supone una normalización de la patología y, con ello, la medicación.

Solo está recomendado utilizarlos en el caso de que sea necesario y bajo la supervisión y pauta médica, dentro de un tratamiento integral y sin prolongar el consumo en el tiempo.

Los psicofármacos depresores, y en concreto, la familia de las benzodiacepinas, son los que generan problemas con más frecuencia. Esto es así por varios factores:

  • Son los más utilizados: en España son el grupo de fármacos más recetados después de los antibióticos.
  • Las benzodiacepinas tienen un potencial de dependencia elevado. El uso continuado durante varias semanas puede dar lugar a tolerancia (pérdida de eficacia y necesidad de incrementar la dosis para conseguir el mismo efecto).
  • Tras un consumo habitual, la interrupción de forma brusca puede dar lugar a un síndrome de abstinencia: es frecuente el insomnio, la ansiedad o las pesadillas. En casos graves pueden aparecer alucinaciones, delirios o ideas de suicidio.

Por estos motivos, nos centraremos sobre todo en este grupo de psicofármacos.

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